7/3/16

Stalin, del fervor al terror


Josef Stalin sufrió el 1 de marzo de 1953 una hemorragia cerebral en una habitación de su dacha próxima a Moscú, la misma que había consagrado a la agricultura y a la que se arrancaba cada vez que podía. Cuatro días más tarde, y por primera vez desde la muerte de V.I. Lenin (1924), la Unión Soviética enfrentaba  una sucesión en el más alto rango del gobernante Partido Comunista.

Como Lenin, Stalin no había designado un reemplazante ni creado un mecanismo legal que protocolizara la transmisión del enorme poder del partido único. Por el contrario, observa Oleg Khlevniuk, “hizo todo lo que pudo para bloquear la aparición de un sucesor y para infundir un sentido de indignidad política en sus colaboradores”. Al concentrar en sus propias manos la toma de decisiones superiores, agrega el autor de la más reciente biografía de Stalin, se aseguró de que los demás miembros del máximo órgano partidario, el Politburó, tuviesen poca información y poca autoridad, incluso en las áreas de las que eran inmediatamente responsables. Llevado por la sed de poder, el egocentrismo político y en medio de una inestabilidad emocional senil, remata, “pareció adoptar respecto del futuro post-estalinista una actitud del tipo, ‘después de mí, el diluvio’.  

En la más reciente biografía del personaje (Stalin. New biography of a dictator), Khlevniuk muestra detalladamente cómo, mientras duró la agonía del líder comunista, los miembros del Politburó lo despojaban de los poderes incontrarrestables que había acumulado. No para cederlos a un heredero, que no lo había, sino para repartirlo entre diversos dirigentes.

Así, en paralelo a la conmoción entre millones de soviéticos y entre los comunistas del mundo (en Santiago, los militantes de entonces pintaron en las paredes frases como “El rey de la paz ha muerto”), se retomó el liderazgo colectivo que alguna vez tuvo el Politburó y se buscó “evitar la aparición de otro tirano”. Se concedieron ciertas libertades y se dio curso a reformas que el difunto líder había bloquedo en virtud de su poder total.

Por entonces, se escribía ya la historia de su biografía, pero sólo el colapso de la URSS y la subsecuente apertura de sus archivos secretos, a principios de los 90, hizo posible una verdadera inmersión en las distintas áreas de su vida. Obras como la de Robert Service (Stalin: A biography, 2005) han sido esenciales para dejar atrás, no sólo la fábula monocausal del tirano enloquecido, sino también interpretaciones como la de su camarada y luego enemigo León Trotski, que vio en el vzhod (líder) un lumpenburócrata que se arrimó al poder a punta de disciplina y cínico oportunismo. Un nuevo e importante paso es el que da ahora Khlevniuk. Autor de un reputado estudio sobre el círculo íntimo de Stalin (Master of the house, 2008) y editor de su correspondencia, el historiador sitúa al lector de Stalin. New biography of a dictator (Yale U. Press, 2015) en el país donde escribe la obra, donde usó fuentes muy diversas para llamar la atención respecto de un hecho nada obvio entre los occidentales: los crímenes y el totalitarismo asociados al personajes han cedido su lugar, entre los rusos, a la imagen del héroe de la II Guerra. De un ruso entre los rusos. Por ello, más que nunca, cabe volver a su particular trayectoria vital.

El poder y la furia

Advierte el autor: que no se busque en los primeros años de Stalin la semilla de la demencia o del mal. No hay un dictador en potencia por entonces, sino un niño georgiano, Ioseb Jughashvili, que hasta los 9 años no hablaba una palabra de ruso. Que no vivió en la miseria ni en el abandono, sino que tuvo “una niñez más bien normal y cómoda”.

Nacido en en 1878 en Gori, Georgia (por entonces territorio del Imperio ruso), Jughashvili fue inscrito en 1894 en el seminario de Tiflis: una carrera religiosa era un buen prospecto para el hijo único de una madre que había quedado sola tras la muerte de sus otros dos pequeños y el abandono de su esposo. El joven Ioseb tenía buenas notas, pero también un espíritu rebelde que se opuso a la férrea disciplina y dedicación personal que imponía. Tanto así, que sus estudios terminaron anticipadamente.

Pero no dejaría de creer, afirma Khlevniuk: “Para el joven seminarista, la naturaleza todoabarcativa del marxismo, casi religiosa en su universalidad, fue muy atractiva, llenando la brecha creada por su desilusión religiosa”. Por otro lado, su fascinación con la rebeldía de corte romántico se fusionó con un nacionalismo georgiano nutrido por lecturas como El patricidio, de Alexandre Kazbegi: el héroe de esta novela, un vengador temerario llamado Koba, le daría el seudónimo por el que se le conocería (y el título de una ficción biográfica de Martin Amis).

Para 1903 ya usaba el sobrenombre de Stalin, su nombre se había “rusificado” (de Ioseb pasó a Iosif) y escalaba en el poder dentro del ala más radical del Partido Socialdemócrata ruso, liderada por Lenin. Si bien en ciertos momentos disintió de sus estrategias, se convenció de la necesidad de una revolución obrera azuzada por revolucionarios profesionales. Estos últimos, los bolcheviques, aun siendo una porción diminuta dentro de la duma que debió llenar el vacío dejado por el zar Nicolás II en 1917, tuvieron el desenfado de tomar la conducción del proceso, disolver la asamblea constituyente y entregar “todo el poder a los soviets”.

Explica Khlevniuk que la URSS nació de la I Guerra Mundial, se consolidó en virtud de una guerra civil y de sucesivas represiones que dejaron millones de muertos. En tales circunstancias, el propio argumento de un “enemigo interno” (polaco, alemán, zarista o retornado de Siberia) tuvo por largo tiempo suficiente piso para alimentar sin dificultades políticas el exterminio como rara vez se ha visto en la historia, siendo el “Gran Terror” el caso más notorio: la eventual amenaza de cualquier grupo o individuo justificó el arresto de 1.600.000 personas y el asesinato de 700 mil de ellas entre mediados de 1937 y noviembre de 1938.

La naturaleza de estos crímenes ha dado pie a hipótesis de demencia que Khlevniuk no suscribe, entre otras cosas por inverificables. Sin embargo, el autor da indicios de la salud mental estaliniana para ese período: de sus episodios de intensa furia e incluso de ciertos comentarios disponibles en su correspondencia. En un telegrama fechado el 10 de septiembre de 1937, por ejemplo, le ordena a un comandante del ejército rojo “pasar la escoba” por cinco repúblicas de la unión. Cuatro días más tarde, empuja al mismo militar a “limpiar la basura polaca”. ¿Quién era Josef Stalin en esos momentos? El libro de Khlevniuk es, hasta el momento, uno de los más puntillosos intentos de llegar a saberlo.

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